24 oct. 2012

ANGELICA

Se levantó como todos los días.
Se vistió, tomó su desayuno y emprendió el viaje hacia su trabajo.
Lo esperaba un nuevo día de tediosa rutina.
Era verano, el clima agobiante afuera. Durante la noche había llovido y ahora el sol implacable levantaba todo el vapor de los charcos tocados por sus rayos.
La gente caminaba apresurada, todos con caras que en nada reflejaban alegría.
La ciudad despertaba, los vehículos aumentaban en cantidad y todo eso lo agobiaba aún más.
Llego a su oficina, revisó una montaña de papeles, acomodó carpetas, atendió llamadas. Eso era lo que hacía día tras día.
En un momento giró la vista sin mirar y sus ojos se toparon con un marco, en el la foto de una niña le sonreía.
Lo tomó, observó detenidamente el retrato, lo acarició con la punta de su dedo y se le dibujó una tierna sonrisa, seguida por una lágrima que brotó de sus ojos y se deslizó suave por su rostro.
Recordó todos esos momentos vividos.
Sus juegos en la plaza, los paseos, los cuentos que le contaba antes de ir a dormir.
Todos se agolparon en su mente queriendo salir.
Recordó el momento exacto en que la perdió.
Ella en su bicicleta rosa, su cabello negro y lacio, su jardinero a cuadros, le sonreía y lo llamaba.
- ¡Papá, papá, puedo andar sola en bicicleta!
- ¡Te veo hija, te veo! – contestaba él mientras ambos se regalaban la más tierna de las miradas.
Maldijo en voz alta el momento en que le regaló la bicicleta, el momento en que la llevó a la plaza para que aprendiera a usarla, el momento en que se distrajo y todo ocurrió.
Sus lágrimas ahora corrían de prisa por su rostro, su corazón volvió a partirse en mil pedazos.
Sintió que la oficina se achicaba hasta aplastarlo, sensación de asfixia, tengo que salir de acá, se dijo.
Tomó apresurado su saco, abrazó el portarretratos y partió.
Caminó sin ver, sin saber pero sabiendo a donde iba.
Caminó sin cansarse, no sentía sus piernas, tropezaba con la gente y seguía.
Llegó al lugar, nunca había podido ir allí, ni siquiera sabía el lugar exacto en el que estaba, pero sintió como una mano suavemente lo empujaba.
Se detuvo.
Como si hubiese sido un designio dado por los padres leyó el nombre grabado en la piedra, Angélica.
Se arrodilló. Las únicas palabras que pudo pronunciar fueron – perdón hija, perdón por no haberte cuidado como debía.
Sintió una suave caricia en su cabeza.
- Papá, no fue tu culpa – escucho clara la voz de su hija.
- ¡Hija, Angélica!, ¿Dónde estás? – sobresaltado preguntó.
- Papá, aunque no me veas yo siempre estaré con vos, estoy en tu corazón.
- Hija, ¡te quiero!.
- ¡Yo también papá!, y estoy, estoy acá y en todos los lugares que estés por siempre.
El ya no sabía si era producto de su imaginación o no, lo único que si sabía era que una ráfaga mezcla de paz y amor ahora lo invadía.
Volvió a mirar la piedra.
- ¡Angélica!, hija, siempre vas a estar en mi corazón y te llevare con mi mejor sonrisa.
Se incorporo y partió.
Ahora sale de su oficina después del trabajo y parte todas las tardes al cementerio. Lleva flores, globos, muñecas y su merienda, se sienta allí frente a Angélica y mantiene largas horas de charlas y risas con ella.




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