10 nov. 2012

CADA DIA ME RECONOCIAS



Luego de unos meses de no poder viajar para verte, al fin pude ir.
Llegué a tu casa. Todo estaba oscuro, la tristeza flotaba en el aire.
- ¿Dónde está? – pregunté.
- En su habitación – recuerdo que alguien me respondió.
- Esperá – me dijo mi tía – ya no es la misma. La miré en silencio y entre a tu habitación.
Ya no usabas esa gran cama de bronce, la que compartíamos cuando yo era niña y el abuelo ya no estaba. Tus muebles tampoco estaban allí.
Ahora había una pequeña mesa con medicamentos y otros implementos. En un rincón, una cama de hospital, de caño blanco y frio y en ella estabas vos.
Acerqué una silla y te contemplé, estabas flaca, tu piel arrugada, tu pelo totalmente blanco y ondulado. Tus ojos negros como dos bolitas de azabache fijamente contemplaban el techo.
Fijamente también te miraba yo. No voy a llorar, no voy a llorar, eso me decía, si ella da vuelta su cara hacia mi tiene que ver una gran sonrisa, no voy a llorar, no voy a llorar.
De golpe tus ojos se posaron en mí.
- Hola abuela – te dije.
- Hola, hola – y me mostraste una sonrisa. Esa era la mejor prueba que me podías dar, la prueba de que aun me reconocías.
- Estás  linda abuela – te dije, sabía que eras coqueta y vos volviste a sonreír.
- Traéme mi muñeca que la tengo que vestir – me pediste.
Me levanté, fui hacia tu ropero, saqué tu muñeca, esa que aun tengo, la de cabellos largos y rubios. Busqué la ropa y dos cepillos para el pelo.
Te la di.
- Este vestido es nuevo – me dijiste – lo hicimos con una señora que viene todos los días y no sé porque se queda conmigo toda la noche.
- ¡Está hermoso! ¿Se lo vas a poner?
- Si.
Le cambiaste la ropa. Te di el cepillo. Me hice un lugar junto a vos, como cuando era niña, vos peinabas a tu muñeca y yo hacia lo que sabía que tanto te gustaba, tome el cepillo y comencé a cepillar tus cabellos.
Así te quedaste dormida y yo me quedé a tu lado dándote un abrazo.
Durante esos días que pude estar con vos repetimos una y otra vez la rutina. 
Yo era feliz de que cada nuevo día me pudieras reconocer.
Finalmente partiste. Antes de irte me dejaste tu muñeca para que fuera yo quien ahora la vistiera y arreglara su pelo. Ahí está, sentada en un estante de mi ropero, la saco, la abrazo y en ella te digo cuanto te quiero. 



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