31 oct. 2012

UFFFFF TERAPIA




La terapia es cosa seria.
Conozco personas opositoras que argumentan: “yo nunca le contaría mi vida a un extraño, por eso es que no hago terapia” y terminan contando sus problemas al del asiento de al lado del colectivo, al peluquero (gran terapeuta sin título) o al primero que se le cruza por ahí dispuesto a prestarle una oreja.
Otro argumento es el famoso: “yo no la necesito, resuelvo solo mis problemas” y uno lo mira  pensando “bueno parece que aún no descubriste cuales eran, porque… en fin, desde acá afuera no se ven muy resueltos”. Es que en verdad estos son los que más lo necesitan aunque nunca lo van a admitir.
Y otro grupo importante es aquél que aunque no lo necesite, se transformó en un adicto a la terapia. El terapeuta tratando de dar el alta y el paciente que lo niega o en otros casos lo acepta, pero al poco tiempo busca un nuevo terapeuta. 
Dentro del grupo: bien, no me queda otra que buscar ayuda, me encasillé yo y allá fui buscando respuestas que no tenía.
Fue toda una odisea, de consulta en consulta, es que encontrar aquel que nos caiga bien es tan complicado como conseguir el ginecólogo para la mujer o el urólogo para el hombre, tareas difíciles si las hay.
Uno me dio un diagnóstico con solo quince minutos de charla y era tan desacertado que me causó gracia.
“Usted tiene el síndrome del nido vacío, es que la mujer a cierta edad se siente mal con un hijo adolescente”, eso me dijo y yo pensaba ¿Qué? ¿Cómo? ¿Yo síndrome del nido vacío? Pero si yo soy feliz con un hijo adolescente ¡recuperé mi vida! Nada de anda a hacer la tarea, nada de donde te dejo para poder salir, no, no, en verdad ¡estoy feliz! 
La segunda se olvidó que yo tenía cita y me plantó, si así fue, una hora la esperé y nunca llegó.
Y al final la encontré. Si esa era la psicóloga que buscaba y allí estaba.
Ahora debía pasar la otra etapa y esto es lo que siempre cuestiono a los psicólogos y ninguno sabe responder o ¿acaso será un secreto que los acompañará de por vida?
¿Por qué en la primera consulta nos hacen tantas preguntas que no terminamos de contar? Y entre el fijar horario, tarifa y modalidad, información sobre la corriente psicológica a  la que adhieren y etcéteras se termina el tiempo y ya nos tenemos que ir con todo eso en la garganta hasta la próxima cita (con suerte, si nuestra obra social nos permite, esta será dentro de dos días y si no una semana después).
¿Porque el límite de tiempo? Entiendo que con el transcurso de la terapia los treinta o cuarenta y cinco minutos alcancen, pero al principio, cuando uno tiene tanto para decir, ¿no hay forma de extenderlo o hacerlo ilimitado? Es que uno tiene tantas cosas guardadas adentro y cuando al fin logramos soltarnos y hablar, miran el reloj y nos dicen “bueno, seguimos la próxima”. Uf y ¿ahora qué hago? ¿Cómo me vuelvo a mi casa con todo esto?
¿Por qué lo monosilábico? ¿Es que en la universidad no les enseñan palabras además de mm, ah ah, aja y a poner cara de no pienso gesticular? Lo más largo que dicen es la matadora frase “¿y usted qué piensa de eso?” y a mi mente se viene la respuesta “si yo pudiese pensar algo sola no estaría acá”.
Y así, entre dudas y respuestas que logré yo misma, transité mi terapia, dos años exactos, en los cuales mi psicóloga estaba empeñada en que usara mi cabeza y escarbara en ella, hasta que al fin encontré algo sensato que se pudiera considerar una respuesta a mis problemas. En ese tiempo transcurrido me di cuenta que en verdad la vida contada en cuentagotas me sirvió  para descubrir que al final yo tenía todas las respuestas.
Y alguno me pregunta, “¿pero sirve en verdad?” y si, sirve en verdad, a mi me sirvió para darme cuenta que al final lo único que tenía que hacer era derrotar mis fantasmas, creer en mí y seguir adelante. 






EL GRAN AMOR





Cuando niñas soñamos con el gran amor, ese amor que nos llevará un día, ese príncipe encantado de los cuentos, el dueño de los castillos.
Luego, con los años, descubrimos que podemos tener distintos amores, los platónicos, los imposibles, los no correspondidos. Pero llega un momento en el que miramos los ojos de otro y una gran palpitación se apodera de nosotros, cosquillas en la panza, nos ponemos tontos como niños, sentimos ese no se qué que nos hace no querer separarnos, inventamos excusas para seguir hablando, pensamos que si por un momento nos alejamos de allí no lo volveremos a ver.
Y esas sensaciones se repiten una y otra vez aunque ya no lo tengamos a nuestro lado.
Y de pronto, mágicamente descubrimos que ese es el verdadero amor, el que queremos que nos acompañe de por vida, el que alegra nuestro espíritu, el que pone esa sonrisa tonta en nuestros labios.
Yo te encontré verdadero amor, una fría noche y aun te sigo teniendo, ahora, quizás por las circunstancias de la vida, un poco lejano, pero siempre presente, siempre conmigo para acompañarme, siempre alentando mis ideas locas, siempre sacando mis pensamientos tan locos como mis ideas de mi cabeza, demostrándome que todo es posible, que en verdad sos mi príncipe, el que no me deja caer, el que no me abandona, el que me colma de  felicidad cada día, el que me hace enojar y luego reír, el que seca mis lagrimas.
Y si, lo admito, seguís siendo mi gran amor, a pesar de mis errores, de esas locas decisiones tomadas en malos momentos.
Y te amo, aún te amo y no te puedo dejar ir, aunque me enoje, aunque tome distancia no puedo, porque en verdad mi vida no sería vida sin vos. Porque, ¿qué haría yo? ¿Con quién pelearía, ¿a quién le haría mimos y cosquillas? ¿A quién le robaría risas? No, en verdad ya no tendría vida.
Te amo, te amo, te amo, mi único y verdadero amor.






SIESTAS



Las siestas cuando somos niños pueden ser aburridas, pero no lo son tanto si uno las pasa en un pueblo con amigos.
Luego de almorzar y ayudar a mi abuela a levantar los platos, llegaba el momento de tratar de convencerla para no dormir la siesta.
-¿Puedo ver la tele en vez de dormir
- No porque vas a despertar al abuelo que está cansado después del trabajo.
- ¿Y si me quedo jugando en el patio, allá en donde hay sombra?
-No, porque sabes que el perro de al lado ladra cuando jugas ahí.
Y así seguía, pero mi abuela siempre tenía infinitas respuestas ubicadas después del no y me las daba a todas, hasta que yo, ya sin más excusas, me iba a mi habitación.
Allí me quedaba hasta que sentía un ruidito en el mosquitero de la ventana. Subía a la cama, abría las cortinas, corría muy despacito el mosquitero y saltaba al jardín y de ahí a la plaza de la esquina, lugar donde las fugitivas de la siesta nos reuníamos.
Cada una llegaba con un juguete y algún comentario para compartir: mi hermana cumple años mañana, mi papá está de vacaciones, mi mamá hoy me hizo un flan, la semana que viene me voy de paseo,  interminables comentarios  escuchados con atención,  allí sentadas bajos los arboles, acompañadas del sonido de las chicharras.
En algún momento se escuchaba el llamado de alguna madre que descubría a su hija fugitiva
_ ¡Uy, si ya se levanto tu mamá mi abuela se está por levantar!
_ ¡Si, mi mamá también!
_ ¡Y la mía! 
_ Vamos, vamos
Y así salíamos todas corriendo. Abría despacio la puerta del costado, esa a la que mi abuelo no le ponía aceite porque decía que así el sabia cuando alguien entraba o salía, pero yo lograba que no hiciera ruido y así,  despacio atravesaba el patio, la cocina, el comedor y entraba en mi habitación.
Uf menos mal que nadie se levantó,  pensaba mientras me sacaba mis zapatos y me tiraba en la cama.
Al rato aparecía mi abuela para avisar que la hora de la siesta ya había terminado.
_ ¿Y ahora, puedo salir a jugar abuela?
_ Si, ahora si
Y yo salía contenta nuevamente a la plaza, convencida que te había engañado. Pero no, yo sé que no podía engañarte, vos simplemente eras cómplice de mis travesuras.





ASÍ SE HIZO EL SILENCIO




Un día les pregunté algo y no obtuve respuesta. Y llegó el silencio, los días pasaron y la promesa de después te llamo y hablamos se fue con ellos. Y los días se transformaron en semanas, las semanas en meses y el tiempo pasó, sin noticias. Sin saber nada. Y no sé porque no me sorprendió.
Es que yo en el fondo sabía que mi decisión tomada llevaría a eso, al silencio, que no sería respetada ni aceptada y el silencio se hizo.
Y lo extraño fue que no me causó dolor, no me preocupó, es que en alguna parte de mi sabía que esto pasaría. Yo soy distinta a ellos, no pienso igual, me crié de otra manera, en otro lugar, y ellos nunca me conocieron.
Era la rara de la familia, la del pensamiento distinto, la más preocupada por los sentimientos, la que escondía, siempre que podía, su apellido para no ser comparada, a la que no le preocupaba el origen de los demás, la que en su familia no era bien aceptada. No respondía a lo que ellos me imponían.
Nunca conocieron mis historias de amor, no supieron de mi dolor ni se dieron cuenta que algo me pasaba, jamás notaron que alguien a mis dieciséis años me convirtió en adulta sin yo quererlo.
Y ahora ya estoy sin familia y no me pesó ni me pesa, lo único que causa dolor es el pensar en si es bueno o malo no sentir y me convenzo que en verdad no es malo porque el sentimiento debe ser recíproco para que sea verdadero.
Aún ahora, ya adulta, ellos siguen ignorando mi historia, tuvieron una hija a la que no conocieron y ya es tarde, el tiempo jamás vuelve atrás y yo tampoco deseo mover las agujas del reloj en el sentido opuesto.