5/09/2023
UN CUMPLEAÑOS
5/08/2023
TÍOS
También pasaba tiempo con mis tíos, a dos casas de mis abuelos vivían dos de ellos, mi tío trabajaba en una fábrica y mi tía era maestra.
Cuando yo estaba en casa de mis abuelos veía venir a mi tía de la escuela con su guardapolvo blanco y un pesado portafolio y llena de libros, laminas, cuadernos.
Yo le decía a mi abuela me voy a la casa de la tía y allí partía a saltitos esas dos veredas, abría la puerta (antes las casas tenían sus puertas sin llaves ni trabas) la saludaba, ella me daba uno de esos besos llenos de cariño y me servía la merienda, merendábamos juntas, no importaba si yo ya había merendado, con ella volvía a merendar y luego recuerdo que desplegaba todo el material de la escuela, cuadernos de alumnos para corregir, pruebas y trabajos, llenaba su carpeta con todas las actividades y ejercicios para el día siguiente, llenaba planillas, hacía láminas y yo la miraba callada dibujando, leyendo o viendo los libros y cuadernos de sus alumnos. Eran unas horas hermosas compartidas.
Luego llegaba mi tío, sacábamos todo de la mesa y charlábamos allí hasta que nuevamente iba a casa de mis abuelos.
5/07/2023
A VECES LA VIDA...
A veces la vida nos pone pruebas y nos hace rememorar toda nuestra historia, lo que vivimos, y preguntarnos si fue así o solo es lo que nosotros nos armamos, eso me pasó y salí a buscar la verdad, mi historia, preguntando, investigando y rememorando conscientemente todo lo que me fue pasando para al final saber si estaba equivocada o no.
EL COMIENZO
Recuerdo que pasé muchos años con mis abuelos, maternos y paternos, de una casa a la otra. Vivía con ellos.
Mis abuelos maternos vivían en un pequeño barrio de 4 manzanas
Aún me acuerdo de esas cenas donde mi abuela me hacía los fideos con manteca que tanto me gustaban, la golosina que comía después, la delicia de los tomates que cosechaba en la quinta de mi abuelo y cuando le sacaba las verduras de allí para hacerle la comida a mis muñecas.
Arrastraba un banquito para poder llegar a esas dulces mandarinas o ciruelas, dependiendo la estación, que luego comía ahí, al píe del árbol como dicen.
Recuerdo también que me encantaba caminar descalza por ese jardín que mi abuelo tenía verde y cortado a la perfección, como una alfombra.
Me cruzaba a las casas de mis amigas donde jugábamos en el porche, sobre ese piso de mosaico tan fresco en verano, luego, nos íbamos a la esquina debajo de los árboles, donde cantaban las chicharras y nos hamacábamos por horas hasta que nos comenzaban a llamar para almorzar, tomar la merienda o cenar, es que nos pasábamos todo el día ahí jugando, charlando, pasando el rato.
Mis abuelos tenían una de esas mesas con bancos que son de cemento decorados con pedacitos de azulejos, el famoso mosaiquismo, a mí me gustaba saltar de banco en banco ya que la mesa era cuadrada y era muy divertido. Mi abuela siempre me decía te vas a caer, te vas a caer, hasta que un día me caí. Resultado: 3 puntos en la pera, creo que me cosieron sin anestesia porque hasta el día de hoy me veo la cicatriz y me duele aunque no sé si me dolió más eso o la jeringa de vidrio que se ponía a hervir y tenía una aguja larguísima, los antibióticos antes eran inyectables. Pero mis abuelos remediaron todo con un chocolate con maní gigante (mi debilidad hasta el día de hoy) y una muñeca, por haberme portado tan bien ah y el derecho a pasar todo el día acostada en la cama de ellos.
Otros días iba a la casa de mis otros abuelos, ellos vivían en otro lugar, pero a unos pocos kilómetros de distancia.
Allí no tenía amigas, pero me divertía muchísimo, le abría todos los paquetes de figuritas a mi abuelo, que para mi alegría tenía un quiosco, librería, regalería, etc, para buscar el que traía la sorpresa, ante su mirada cómplice, mi alegría fue inmensa cuando me salió un premio por un anillo, ahí andaba yo con un anillo de dudoso metal dorado y un diamante plástico encima, yo lucia mi joya con quien quisiera verla.
Nos poníamos en el mostrador a contar las monedas haciendo pilitas según su valor, luego, me iba al patio de atrás a tratar de agarrar un conejo y lo que más me divertía era “ayudarlo” a moler el maíz, molía una bolsa entera en una máquina que tenía allí colocada para darle de comer a las gallinas, por supuesto que no era ninguna ayuda, no olvido su cara preguntando ¿quién molió todo el maíz?
Me encantaba jugar en esa galería de mosaicos con olor a jazmines, donde colocaba un juego de botellón de licor con copitas tallado en madera, aún siento el olor de esa madera, amaba ese juego. Me sentaba con mis muñecas y jugaba a que tomábamos el café con otro juego de porcelana de mi abuela y una copita de licor.
Antes de irme, porque pasaba una semana en la casa de cada abuelo, llenaba una canastita rosa con tapita, como si fuera la canastita de Caperucita Roja, con todo tipo de caramelos, de menta y media hora para mis abuelos, masticables, chupetines, de maní con chocolate, bocaditos Holanda, etc. Mi abuelo me decía llenala pero la tapa tiene que cerrar bien y no hay más golosinas hasta la próxima semana y allá iba yo metiendo la mano en todos los frascos para llevar y compartir.
Mi abuelo fue la persona más permisiva, consentidora y complaciente de mis caprichos. El me llevaba todos los días el desayuno a la cama, no importaba el clima ni nada, le sacaba todo lo que me gustaba de su negocio, lápices, cuadernos, juguetes. Recuerdo que pasaba horas con el allí y hasta salíamos a pasear. No recuerdo a la casa de quién, pero si recuerdo que íbamos a la casa de alguien con un patio enorme y lleno de flores, con un piano en la entrada que yo tocaba, obviamente sin saber tocar. Él se fue cuando yo era muy pequeña pero nunca voy a olvidar el dolor y el vacío que sentí por primera vez por la ausencia de alguien.
Recuerdo que no entendía muy bien, estaba como atontada, pero hay escenas que no se me olvidan, mi abuela llorando en la cama y yo abrazada a ella, llegar a esa casa y que el ya no esté. Fue mi primer enfrentamiento con la pérdida.
3/14/2014
LOS RECUERDOS
Y yo recuerdo, mi primera infancia, esa etapa que viví con mis abuelos, el sabor del flan casero, las golosinas robadas en las siestas, el olorcito agradable del puro de mi abuelo, la voz de mi abuela llamándome a comer, el sonido de las chicharras en la plaza que se confundía con las voces de mis amigas de infancia.
Que feliz era, recibía tanto afecto, pero con los años me pregunte: ¿Por qué viví allí? ¿Por qué me llevaron lejos de mi familia? Y aun ahora me lo pregunto sin que nadie me de una respuesta y con el tiempo aprendí que ahí estaba mi falta de pertenencia, es que un día volví, ya habían pasado 6 años desde que había partido, y extrañaba mis habitaciones, el desayuno en la cama que mi abuelo Luis me llevaba, las travesuras que hacía en su negocio, la sirena de la fábrica que marcaba el momento en que mi abuelo Nando llegaba a casa. Todo eso extrañe, y me sentí rara y me siento rara, es difícil de explicar eso de la pertenencia, es que se siente que mis padres no son mis padres, mis hermanos no son mis hermanos, ese mundo en el que me encontré no era mi mundo.
Y extrañé y extraño a mis abuelos y en muchos momentos me gustaría que estuvieran para saber, si ellos, pueden explicarme, darme una respuesta.
Y ahora adulta, ya sin una familia a la cual pertenecer, cree la mía y en ella incluí a mis amigos y amigas y ahora si siento la pertenencia, pertenezco a un grupo de afectos que son míos.
Aún extraño esas viejas épocas y no puedo evitar una puntadita como espina en mi corazón, es que las respuestas no dadas pueden ser tan dolorosas como las verdades que no se quieren escuchar.
Y seguiré con mi duda: ¿porque estaba tan lejos de mi familia verdadera?










