11/04/2012

COLLAR DE VIDA




Una idea,
Un recuerdo,
Un sentimiento, 
Uno a uno,
Poco a poco,
Se van sucediendo.
Se enhebran como cuentas
En un collar de perlas
Y me muestran, así como soy
Me muestran desnuda en alma y cuerpo.

El collar de mi vida
Es todo lo que cuento, 
Perlas blancas, perlas negras
Una a una se van sucediendo.
Perlas guardadas,
Cargadas de sentimientos,
Cargadas de historias,
Cargadas de lo malo y lo bueno.

Y ahora,
Y aquí,
Simplemente lo muestro.
Yo sé quién soy,
Algunos saben quién soy,
Otros me van descubriendo.
Es mi historia,
Mi simple historia,
De mi simple vida
Enhebrada en un collar
De perlas blancas y negras.
Transformadas en palabras
Dibujadas en un papel
Solo eso,
Es lo que cuento.





Y CRECISTE




Me senté frente a todas esas cajas forradas con ositos y llenas de recuerdos. Tus pequeñas mediecitas, gorritos con pompones, los juguetes que más querías, tus primeras fotos, la huellita de tu pie en tinta.
Y me invaden dulces recuerdos. El momento en que me dijeron que estabas dentro de mí, que ya existías, tus movimientos, esas pequeñas pataditas, el día que te pusieron en mis brazos y yo no podía dejar de mirarte.
Tu cuna te quedaba grande y yo me quedaba ahí, mirándote dormir  y rozaba tu mejilla mientras miraba como se te dibujaba una sonrisa en tu carita de ángel.
Y veo tus primeros dibujos, los colores salen del papel y recuerdo tu cara concentrada, los ojos bien abiertos y tu manito dibujando lo que tu cabecita dorada imaginaba y te fuiste un día feliz a la escuela y yo me quede sola extrañando tus travesuras y risas.
Y creciste, creciste, creciste y tu mundo se llenó de amigos y amigas, de música, risas y salidas y eso me alegró, tenías tu mundo propio y eras feliz
Y vos creciste y yo crecí con vos y ahora, ya hombre, seguís siendo mi niño, seguís dándome abrazos, ternura, risas, compartimos diálogos y gustos.
Y a veces algunos te juzgaron por tu forma de vestir, por tu pelo, por tu pensar y hablaban de vos y dijeron que  era mi culpa y yo me reí, yo sabía que debajo de todo eso había un ser especial y por eso pensaba y decía déjenlo, es feliz y alenté tu forma de ser, tu búsqueda de identidad para que dejaras salir tu personalidad y no me arrepiento, sos lo mejor que tengo.
Ahora te veo, rodeado de afecto y amor, hecho un hombre, con todo lo bueno y  malo que una persona tiene que tener y mi orgullo crece cada día y con ese mismo orgullo digo con una gran sonrisa ese es mi hijo, sí él es el hombre que alegra mi vida, el que me regala su luz y sus risas y él me alienta y me dice cuando dudo sobre mi – ma, si a vos te gusta, está bien.
Y ahora te veo, te miro atenta y siento paz y orgullo por lo que sos.




FELIZ INFANCIA



Mi infancia está plagada de recuerdos, recuerdos inolvidables.
Es que la infancia vivida en un pequeño pueblo a lo que se le suma un barrio tranquilo, con muchas amigas en una misma calle es todo un lujo.
Y allí es donde pasaba mis vacaciones.
Antes de terminar las clases ya les enviaba una carta a mis abuelos y la pregunta era:
¿Cuándo me van a venir a buscar?
A partir de ahí esperaba ansiosa al cartero, es que el traía la noticia más importante para mí, abría la carta y allí estaba el día exacto en que mis abuelos llegaban desde ese momento comenzaban mis preparativos, ropa, juguetes, libros, todo lo necesario para pasar mis ansiadas vacaciones.
El viaje era en ómnibus o en tren y mi ansiedad era tan grande que me parecía eterno.
¡Llegaba feliz! Dejaba mis cosas y allá partía, iba de casa en casa a buscar a mis amigas.
Toda la cuadra se enteraba que llegaba y así andaba yo, caminado y saludando, feliz en ese mundo que sentía tan mío.
Las mañanas bajo la glicina de una amiga, las tardes en la plaza de la esquina, jugábamos hasta la noche, los juegos cambiaban de acuerdo a los regalos de navidad, muñecas, patines, monopatín, bicicleta.
Ya mas grandes hasta hicimos una red que atravesaba la calle y la convertía en una cancha de vóley.
Eran tiempos felices, de juegos y confidencias, éramos libres y vagábamos por ahí entre el sonido de las chicharras de la tarde y los molestos mosquitos de la noche.
Nada importaba más que pasar las más hermosas e inolvidables vacaciones.
El regreso a casa se hacía pesado, la despedida parecía eterna, dolía dejar a esas amigas, el viaje ahora era corto, o al menos eso me parecía, comparado con el de ida.
Mis abuelos me llevaban a casa, se quedaban allí unos días y antes de partir me consolaban prometiendo volver para mis próximas vacaciones.
Y así yo pasaba esos meses esperando la más ansiada de las cartas, esa que me decía la fecha exacta en que de nuevo partiría.




HAY UNA HERIDA



Hay una herida difícil de quitar, una herida que abarca el cuerpo, el alma, la mente, que se manifiesta en cada órgano, en cada centímetro de piel tocada sin consentimiento.
Una herida que acompaña y marca el momento en que ocurrió aquello que no se desea.
Una herida que se comparte en silencio entre aquellos que la llevan.
Que marca los límites de lo posible e imposible para amar.
Que se manifiesta en aquél momento en que solamente se desea gozar.
Que acompaña persistentemente sin querer cicatrizar.
¿Pero llegará el momento en que esa herida deje ya de molestar?
¿Pero será posible que ese momento exista?
Y si, al final llega, llega de la mano de aquel que toca sin lastimar, que acaricia con amor, que ama sin forzar, que respeta nuestras decisiones de dejarnos amar, que entiende el dolor de esa herida tan profunda y desea curar con amor.
Solamente cuando nos entregamos al verdadero amor sabremos que eso fue el pasado, un pasado del cual no tuvimos culpa, maldito momento no buscado ni deseado, con un único actor y autor que nos desvalorizó y nos hundió en la desolación.
Pero llega el momento en el que el deseo que revertirá la situación se hace posible y es el momento en el que el gozo es nuestra propia decisión.



10/31/2012

UFFFFF TERAPIA






La terapia es cosa seria.
Conozco personas opositoras que argumentan: “yo nunca le contaría mi vida a un extraño, por eso es que no hago terapia” y terminan contando sus problemas al del asiento de al lado del colectivo, al peluquero (gran terapeuta sin título) o al primero que se le cruza por ahí dispuesto a prestarle una oreja.
Otro argumento es el famoso: “yo no la necesito, resuelvo solo mis problemas” y uno lo mira  pensando “bueno parece que aún no descubriste cuales eran, porque… en fin, desde acá afuera no se ven muy resueltos”. Es que en verdad estos son los que más lo necesitan aunque nunca lo van a admitir.
Y otro grupo importante es aquél que aunque no lo necesite, se transformó en un adicto a la terapia. El terapeuta tratando de dar el alta y el paciente que lo niega o en otros casos lo acepta, pero al poco tiempo busca un nuevo terapeuta. 
Dentro del grupo: bien, no me queda otra que buscar ayuda, me encasillé yo y allá fui buscando respuestas que no tenía.
Fue toda una odisea, de consulta en consulta, es que encontrar aquel que nos caiga bien es tan complicado como conseguir el ginecólogo para la mujer o el urólogo para el hombre, tareas difíciles si las hay.
Uno me dio un diagnóstico con solo quince minutos de charla y era tan desacertado que me causó gracia.
“Usted tiene el síndrome del nido vacío, es que la mujer a cierta edad se siente mal con un hijo adolescente”, eso me dijo y yo pensaba ¿Qué? ¿Cómo? ¿Yo síndrome del nido vacío? Pero si yo soy feliz con un hijo adolescente ¡recuperé mi vida! Nada de anda a hacer la tarea, nada de donde te dejo para poder salir, no, no, en verdad ¡estoy feliz! 
La segunda se olvidó que yo tenía cita y me plantó, si así fue, una hora la esperé y nunca llegó.
Y al final la encontré. Si esa era la psicóloga que buscaba y allí estaba.
Ahora debía pasar la otra etapa y esto es lo que siempre cuestiono a los psicólogos y ninguno sabe responder o ¿acaso será un secreto que los acompañará de por vida?
¿Por qué en la primera consulta nos hacen tantas preguntas que no terminamos de contar? Y entre el fijar horario, tarifa y modalidad, información sobre la corriente psicológica a  la que adhieren y etcéteras se termina el tiempo y ya nos tenemos que ir con todo eso en la garganta hasta la próxima cita (con suerte, si nuestra obra social nos permite, esta será dentro de dos días y si no una semana después).
¿Porque el límite de tiempo? Entiendo que con el transcurso de la terapia los treinta o cuarenta y cinco minutos alcancen, pero al principio, cuando uno tiene tanto para decir, ¿no hay forma de extenderlo o hacerlo ilimitado? Es que uno tiene tantas cosas guardadas adentro y cuando al fin logramos soltarnos y hablar, miran el reloj y nos dicen “bueno, seguimos la próxima”. Uf y ¿ahora qué hago? ¿Cómo me vuelvo a mi casa con todo esto?
¿Por qué lo monosilábico? ¿Es que en la universidad no les enseñan palabras además de mm, ah ah, aja y a poner cara de no pienso gesticular? Lo más largo que dicen es la matadora frase “¿y usted qué piensa de eso?” y a mi mente se viene la respuesta “si yo pudiese pensar algo sola no estaría acá”.
Y así, entre dudas y respuestas que logré yo misma, transité mi terapia, dos años exactos, en los cuales mi psicóloga estaba empeñada en que usara mi cabeza y escarbara en ella, hasta que al fin encontré algo sensato que se pudiera considerar una respuesta a mis problemas. En ese tiempo transcurrido me di cuenta que en verdad la vida contada en cuentagotas me sirvió  para descubrir que al final yo tenía todas las respuestas.
Y alguno me pregunta, “¿pero sirve en verdad?” y si, sirve en verdad, a mi me sirvió para darme cuenta que al final lo único que tenía que hacer era derrotar mis fantasmas, creer en mí y seguir adelante. 






EL GRAN AMOR





Cuando niñas soñamos con el gran amor, ese amor que nos llevará un día, ese príncipe encantado de los cuentos, el dueño de los castillos.
Luego, con los años, descubrimos que podemos tener distintos amores, los platónicos, los imposibles, los no correspondidos. Pero llega un momento en el que miramos los ojos de otro y una gran palpitación se apodera de nosotros, cosquillas en la panza, nos ponemos tontos como niños, sentimos ese no se qué que nos hace no querer separarnos, inventamos excusas para seguir hablando, pensamos que si por un momento nos alejamos de allí no lo volveremos a ver.
Y esas sensaciones se repiten una y otra vez aunque ya no lo tengamos a nuestro lado.
Y de pronto, mágicamente descubrimos que ese es el verdadero amor, el que queremos que nos acompañe de por vida, el que alegra nuestro espíritu, el que pone esa sonrisa tonta en nuestros labios.
Yo te encontré verdadero amor, una fría noche y aun te sigo teniendo, ahora, quizás por las circunstancias de la vida, un poco lejano, pero siempre presente, siempre conmigo para acompañarme, siempre alentando mis ideas locas, siempre sacando mis pensamientos tan locos como mis ideas de mi cabeza, demostrándome que todo es posible, que en verdad sos mi príncipe, el que no me deja caer, el que no me abandona, el que me colma de  felicidad cada día, el que me hace enojar y luego reír, el que seca mis lagrimas.
Y si, lo admito, seguís siendo mi gran amor, a pesar de mis errores, de esas locas decisiones tomadas en malos momentos.
Y te amo, aún te amo y no te puedo dejar ir, aunque me enoje, aunque tome distancia no puedo, porque en verdad mi vida no sería vida sin vos. Porque, ¿qué haría yo? ¿Con quién pelearía, ¿a quién le haría mimos y cosquillas? ¿A quién le robaría risas? No, en verdad ya no tendría vida.
Te amo, te amo, te amo, mi único y verdadero amor.






SIESTAS



Las siestas cuando somos niños pueden ser aburridas, pero no lo son tanto si uno las pasa en un pueblo con amigos.
Luego de almorzar y ayudar a mi abuela a levantar los platos, llegaba el momento de tratar de convencerla para no dormir la siesta.
-¿Puedo ver la tele en vez de dormir
- No porque vas a despertar al abuelo que está cansado después del trabajo.
- ¿Y si me quedo jugando en el patio, allá en donde hay sombra?
-No, porque sabes que el perro de al lado ladra cuando jugas ahí.
Y así seguía, pero mi abuela siempre tenía infinitas respuestas ubicadas después del no y me las daba a todas, hasta que yo, ya sin más excusas, me iba a mi habitación.
Allí me quedaba hasta que sentía un ruidito en el mosquitero de la ventana. Subía a la cama, abría las cortinas, corría muy despacito el mosquitero y saltaba al jardín y de ahí a la plaza de la esquina, lugar donde las fugitivas de la siesta nos reuníamos.
Cada una llegaba con un juguete y algún comentario para compartir: mi hermana cumple años mañana, mi papá está de vacaciones, mi mamá hoy me hizo un flan, la semana que viene me voy de paseo,  interminables comentarios  escuchados con atención,  allí sentadas bajos los arboles, acompañadas del sonido de las chicharras.
En algún momento se escuchaba el llamado de alguna madre que descubría a su hija fugitiva
_ ¡Uy, si ya se levanto tu mamá mi abuela se está por levantar!
_ ¡Si, mi mamá también!
_ ¡Y la mía! 
_ Vamos, vamos
Y así salíamos todas corriendo. Abría despacio la puerta del costado, esa a la que mi abuelo no le ponía aceite porque decía que así el sabia cuando alguien entraba o salía, pero yo lograba que no hiciera ruido y así,  despacio atravesaba el patio, la cocina, el comedor y entraba en mi habitación.
Uf menos mal que nadie se levantó,  pensaba mientras me sacaba mis zapatos y me tiraba en la cama.
Al rato aparecía mi abuela para avisar que la hora de la siesta ya había terminado.
_ ¿Y ahora, puedo salir a jugar abuela?
_ Si, ahora si
Y yo salía contenta nuevamente a la plaza, convencida que te había engañado. Pero no, yo sé que no podía engañarte, vos simplemente eras cómplice de mis travesuras.





ASÍ SE HIZO EL SILENCIO




Un día les pregunté algo y no obtuve respuesta. Y llegó el silencio, los días pasaron y la promesa de después te llamo y hablamos se fue con ellos. Y los días se transformaron en semanas, las semanas en meses y el tiempo pasó, sin noticias. Sin saber nada. Y no sé porque no me sorprendió.
Es que yo en el fondo sabía que mi decisión tomada llevaría a eso, al silencio, que no sería respetada ni aceptada y el silencio se hizo.
Y lo extraño fue que no me causó dolor, no me preocupó, es que en alguna parte de mi sabía que esto pasaría. Yo soy distinta a ellos, no pienso igual, me crié de otra manera, en otro lugar, y ellos nunca me conocieron.
Era la rara de la familia, la del pensamiento distinto, la más preocupada por los sentimientos, la que escondía, siempre que podía, su apellido para no ser comparada, a la que no le preocupaba el origen de los demás, la que en su familia no era bien aceptada. No respondía a lo que ellos me imponían.
Nunca conocieron mis historias de amor, no supieron de mi dolor ni se dieron cuenta que algo me pasaba, jamás notaron que alguien a mis dieciséis años me convirtió en adulta sin yo quererlo.
Y ahora ya estoy sin familia y no me pesó ni me pesa, lo único que causa dolor es el pensar en si es bueno o malo no sentir y me convenzo que en verdad no es malo porque el sentimiento debe ser recíproco para que sea verdadero.
Aún ahora, ya adulta, ellos siguen ignorando mi historia, tuvieron una hija a la que no conocieron y ya es tarde, el tiempo jamás vuelve atrás y yo tampoco deseo mover las agujas del reloj en el sentido opuesto.




10/25/2012

HERMOSA VIDA


El día deja pasar a la noche
Y la noche al día
Y así transcurre mi vida
Entre días y noches
Entre noches y días
Así transcurren mis sueños
Sueños que le dan razón de ser a mis días
Días plenos a veces de amargo dolor
Días plenos otras veces de hermosas alegrías
Pero todo ello sumado
Hacen que mi vida sea eso
Simplemente mi hermosa vida
Mi hermosa vida
Transcurrida entre llantos y sonrisas







ALMA DEL BOSQUE






Caminando, en un camino de tierra, sin sentido ni rumbo fijo, sin tiempo, sin saber si era real o imaginario, zigzagueando por un bosque oscuro. Grandes árboles alrededor, la luz apenas podía traspasar sus copas y se metía con sacrificio entre las hojas.
Era difícil poder orientarse en el lugar, simplemente quedaba seguir el camino marcado y andar.
El aire se sentía pesado, olor a tristeza y humedad, las hojas y ramas crujían con los pasos y junto al sonido del viento en las copas eran los únicos que se podían escuchar.
Sombras negras en un paisaje negro, no se podía encontrar allí una salida, todo era bosque y al caminar hacia su corazón todo se volvía mas lúgubre, el aire era irrespirable, en su mismo centro.
Sentada en ese suelo húmedo,  alfombrado de hojas y musgos, apoyada en un tronco áspero que se hacía sentir en  la espalda, una figura allí estaba, los ojos cerrados, no se sabía si durmiendo o pensando. Una figura negra que se confundía con las sombras del bosque.
A lo lejos, una pequeña luz, muy despacio se acercaba, una luz blanca y brillante y a su paso el paisaje cambiaba.
Poco a poco, y a medida que avanzaba,  la luz tomaba forma humana.
Una figura blanca a la figura negra lentamente se acerca. Extiende su mano y acaricia apenas rozando su cabeza. 
La figura negra, ahora despierta,  se incorpora y ambos se funden en un abrazo que a todo el bosque transforma, la luz ahora es plena, se siente como si arriba se hubiese disipado una gran tormenta.
El bosque escuro cambia totalmente, el aire ahora es puro, los rayos de sol pasan libres entre  las copas y con las hojas juegan, el suelo se transforma en una verde alfombra y los pájaros tranquilos vuelven a los nidos.
La paz, la calma, el color y todo lo bello a ese oscuro bosque regresan de la mano de una caricia que simplemente rozó una cabeza,  como un pequeño toque al alma de ese bosque tan negro.



PARA MI HIJO




Un día nos llega una personita a nuestras vidas, una cosa chiquitita, hermosa, y nos convierte en padres. ¡Padres! ¿Y ahora qué hago? Y aprendemos con ellos, bueno, a costa de ellos, cometemos algunos errores, sentimos impotencia porque no habla y no sabemos qué le pasa, lo mimamos, lo malcriamos, nos enojamos, caminamos como zombis porque no nos dejan dormir y finalmente nos convencemos diciendo:  bueno, ya va a crecer y todo va a mejorar.
Y sí, ya creció, pasamos la infancia, las fiestas infantiles, jugamos, nos reímos, nos enojamos, lloramos con sus logros y seguimos sin dormir cada vez que le daba fiebre, obviamente siempre de madrugada.
Y esa cosita chiquitita siguió creciendo y nosotros con ella, pero eso pasó para los demás, para nosotros, padres, todo sigue igual, sigue siendo nuestra criaturita, seguimos jugando con él, nos seguimos riendo
Ahora habla pero tiene un piercing en la boca o un eterno chicle o la ortodoncia, en fin aun no le entendemos lo que dice y ahora sale de noche por lo que nosotros seguimos sin dormir o sea andamos por la vida como zombis.
Es nuestro hijito, nuestra criaturita y la amamos con todas nuestras fuerzas y lo seguimos malcriando cada día más y constantemente lo molestamos para hacerle saber que estamos acá con él.
Te amo hijo, sos todo para mí, pero por sobre todas las cosas sos mi hijo.




ABUELA, ¡CUANTO TE QUIERO!

Sentadas a la mesa de la cocina, tomando el desayuno, vos me decías que no te sentías bien, que habías tomado tus pastillas y comenzaste a contarme cosas de tu vida, y yo atenta escuchaba, siempre me gustaba oír tus historias.
Aun recuerdo cuando en las noches de inviernos me contabas historias mientras me enseñabas a tejer y luego con el café y la copita de licor, traías tu caja, tus fotos, tu álbum de recortes y me mostrabas tus tesoros.
Pero ese día fue especial, algo había que lo hacía distinto. Estoy segura que había algo que vos sabías y que yo no comprendía y me hablaste de las cosas que te gustarían para tu muerte y me pediste que cuidara al abuelo cuando vos no estuvieras y me confesaste tu miedo al pensar que esa sería la última vez que me verías y yo te contaba cosas tratando de cambiar el tema.
Y no sé cuantas horas pasaron, pero de un momento a otro los médicos entraban y salían. Yo, afuera, alejada, fumaba sin siquiera reaccionar, mirando todo como en una película.
Y luego, alguien te concedió siete días más, pero ya estabas dormida, aun recuerdo el pip pip de los aparatos, el frio del pasillo del hospital, el viaje para que volvieras a descansar en tu lugar tal como lo querías. 
Y yo seguía sin entender que había pasado y cuando al fin reaccione, llore, llore y llore, nada ni nadie podía  ya contenerme y consolarme.  ¿Qué seria ahora de mí sin vos? ¿Quién me escribiría esas cartas llenas de amor y aliento?
Y recordé nuestra charla y me di cuenta que en verdad vos sabias, sabias que esa era la última vez que nos veríamos y a veces, cuando lo pienso siento que yo perdí mi última oportunidad de abrazarte y decirte cuanto te quería.




Y EL DOLOR VA Y VIENE.


Es una puntada en el corazón que se dispersa por todo el cuerpo, invade cada milímetro de mi ser.
Dolor profundo, que lastima, trato de evitarlo, busco la forma de sacarlo, pero él sigue empecinado en un eterno ir y venir.
Son los recuerdos, que como destellos vienen, que duelen y vuelven a lastimar casi como la primera vez y temo, a veces temo volver sin quererlo a esa zona oscura de mi mente que me hace perder todos mis sentimientos y con la fuerza, la poca fuerza que me queda en ese momento trato de despejarlo. 
Seguir adelante es mi única meta y hacia ella, a veces con gran esfuerzo, me dirijo.
No sé si el fin esta cerca o lejos ¿es que alguien me lo podría decir? Lo único que sé es que mi alma por momentos pide paz, es que mi cuerpo pide un descanso de tantos dolores que el dolor le provoca.







10/24/2012

ATARDECER EN LA RUTA


"Atardecer" - Autor: "Aguavertiente"(Acrílico sobre tela 50 x 80 cms.)



El sol cae suave detrás de la montaña desplegando una paleta de colores del amarillo al rojo, pasando desde suaves a intensos naranjas, el cielo celeste se tiñe con leves franjas rosadas, todo eso sucede detrás de las montañas.
De este lado, las sierras toman variados colores azulados, a sus pies el llano. Pequeños grupos de árboles con ramas desnudas esperando las hojas que las van a vestir, algunos pinos y arbustos los acompañan. La tierra abierta en grandes surcos dibujando perfectos cuadrados.
Hacia el otro costado, luces redondas se van encendiendo, círculos brillantes que indican la presencia de un pueblo.
Más acá, el alambrado marca el fin del paisaje. Aquí la ruta que corre paralela a las montañas, cemento negro bordeado por la más bella naturaleza.




ANGELICA

Se levantó como todos los días.
Se vistió, tomó su desayuno y emprendió el viaje hacia su trabajo.
Lo esperaba un nuevo día de tediosa rutina.
Era verano, el clima agobiante afuera. Durante la noche había llovido y ahora el sol implacable levantaba todo el vapor de los charcos tocados por sus rayos.
La gente caminaba apresurada, todos con caras que en nada reflejaban alegría.
La ciudad despertaba, los vehículos aumentaban en cantidad y todo eso lo agobiaba aún más.
Llego a su oficina, revisó una montaña de papeles, acomodó carpetas, atendió llamadas. Eso era lo que hacía día tras día.
En un momento giró la vista sin mirar y sus ojos se toparon con un marco, en el la foto de una niña le sonreía.
Lo tomó, observó detenidamente el retrato, lo acarició con la punta de su dedo y se le dibujó una tierna sonrisa, seguida por una lágrima que brotó de sus ojos y se deslizó suave por su rostro.
Recordó todos esos momentos vividos.
Sus juegos en la plaza, los paseos, los cuentos que le contaba antes de ir a dormir.
Todos se agolparon en su mente queriendo salir.
Recordó el momento exacto en que la perdió.
Ella en su bicicleta rosa, su cabello negro y lacio, su jardinero a cuadros, le sonreía y lo llamaba.
- ¡Papá, papá, puedo andar sola en bicicleta!
- ¡Te veo hija, te veo! – contestaba él mientras ambos se regalaban la más tierna de las miradas.
Maldijo en voz alta el momento en que le regaló la bicicleta, el momento en que la llevó a la plaza para que aprendiera a usarla, el momento en que se distrajo y todo ocurrió.
Sus lágrimas ahora corrían de prisa por su rostro, su corazón volvió a partirse en mil pedazos.
Sintió que la oficina se achicaba hasta aplastarlo, sensación de asfixia, tengo que salir de acá, se dijo.
Tomó apresurado su saco, abrazó el portarretratos y partió.
Caminó sin ver, sin saber pero sabiendo a donde iba.
Caminó sin cansarse, no sentía sus piernas, tropezaba con la gente y seguía.
Llegó al lugar, nunca había podido ir allí, ni siquiera sabía el lugar exacto en el que estaba, pero sintió como una mano suavemente lo empujaba.
Se detuvo.
Como si hubiese sido un designio dado por los padres leyó el nombre grabado en la piedra, Angélica.
Se arrodilló. Las únicas palabras que pudo pronunciar fueron – perdón hija, perdón por no haberte cuidado como debía.
Sintió una suave caricia en su cabeza.
- Papá, no fue tu culpa – escucho clara la voz de su hija.
- ¡Hija, Angélica!, ¿Dónde estás? – sobresaltado preguntó.
- Papá, aunque no me veas yo siempre estaré con vos, estoy en tu corazón.
- Hija, ¡te quiero!.
- ¡Yo también papá!, y estoy, estoy acá y en todos los lugares que estés por siempre.
El ya no sabía si era producto de su imaginación o no, lo único que si sabía era que una ráfaga mezcla de paz y amor ahora lo invadía.
Volvió a mirar la piedra.
- ¡Angélica!, hija, siempre vas a estar en mi corazón y te llevare con mi mejor sonrisa.
Se incorporo y partió.
Ahora sale de su oficina después del trabajo y parte todas las tardes al cementerio. Lleva flores, globos, muñecas y su merienda, se sienta allí frente a Angélica y mantiene largas horas de charlas y risas con ella.