Me gusta apoyar mi cabeza en tu pecho y sentir tu corazón latiendo allí adentro.
Me gusta como tus brazos rodean mi cuerpo.
Me gusta como tu mano acaricia mi espalda y como tu mano juega con mi cabello.
Me gusta sentir tu tibia respiración rozando mi frente.
Me gusta con mis manos recorrerte.
Me gusta cerrar mis ojos y con mis dedos reconocer tu rostro.
Me gusta pegarme a tu cuerpo y sentir tu calor en mi piel.
Me gusta colocar mi pierna entre tus piernas.
Me gusta, me gusta, cuando estamos los dos, abrazados, simplemente abandonados al tiempo.
Luego de unos meses de no poder viajar para verte, al fin pude ir.
Llegué a tu casa. Todo estaba oscuro, la tristeza flotaba en el aire.
- ¿Dónde está? – pregunté.
- En su habitación – recuerdo que alguien me respondió.
- Esperá – me dijo mi tía – ya no es la misma. La miré en silencio y entre a tu habitación.
Ya no usabas esa gran cama de bronce, la que compartíamos cuando yo era niña y el abuelo ya no estaba. Tus muebles tampoco estaban allí.
Ahora había una pequeña mesa con medicamentos y otros implementos. En un rincón, una cama de hospital, de caño blanco y frio y en ella estabas vos.
Acerqué una silla y te contemplé, estabas flaca, tu piel arrugada, tu pelo totalmente blanco y ondulado. Tus ojos negros como dos bolitas de azabache fijamente contemplaban el techo.
Fijamente también te miraba yo. No voy a llorar, no voy a llorar, eso me decía, si ella da vuelta su cara hacia mi tiene que ver una gran sonrisa, no voy a llorar, no voy a llorar.
De golpe tus ojos se posaron en mí.
- Hola abuela – te dije.
- Hola, hola – y me mostraste una sonrisa. Esa era la mejor prueba que me podías dar, la prueba de que aun me reconocías.
- Estás linda abuela – te dije, sabía que eras coqueta y vos volviste a sonreír.
- Traéme mi muñeca que la tengo que vestir – me pediste.
Me levanté, fui hacia tu ropero, saqué tu muñeca, esa que aun tengo, la de cabellos largos y rubios. Busqué la ropa y dos cepillos para el pelo.
Te la di.
- Este vestido es nuevo – me dijiste – lo hicimos con una señora que viene todos los días y no sé porque se queda conmigo toda la noche.
- ¡Está hermoso! ¿Se lo vas a poner?
- Si.
Le cambiaste la ropa. Te di el cepillo. Me hice un lugar junto a vos, como cuando era niña, vos peinabas a tu muñeca y yo hacia lo que sabía que tanto te gustaba, tome el cepillo y comencé a cepillar tus cabellos.
Así te quedaste dormida y yo me quedé a tu lado dándote un abrazo.
Durante esos días que pude estar con vos repetimos una y otra vez la rutina.
Yo era feliz de que cada nuevo día me pudieras reconocer.
Finalmente partiste. Antes de irte me dejaste tu muñeca para que fuera yo quien ahora la vistiera y arreglara su pelo. Ahí está, sentada en un estante de mi ropero, la saco, la abrazo y en ella te digo cuanto te quiero.
Mis estados de ánimo son cambiantes, mis presentimientos vienen y van, puede invadirme una inmensa angustia que me lleva al llanto sin motivo o una gran alegría acompañada de carcajadas.
En la búsqueda de ayuda y explicación solo comprendí que soy así, que el sentir es lo único que yo no puedo manejar y que debo dejar que el me domine y es así que me dejo dominar.
Lloro abiertamente, porque sé que las lágrimas limpian mi alma, rio abiertamente, porque sé que las carcajadas son los que mantienen joven mi espíritu.
Pido abrazos y doy abrazos a mis afectos, porque sé que eso me calma.
Aprendí, a los golpes, que los sentimientos hacia otros existen o no y si no están no se debe forzar su búsqueda.
Se quiere con el corazón y no con el cerebro y me arrepiento de no haberlo descubierto antes porque a lo mejor mi vida podría haber sido distinta.
Tantas cosas que calle, tantos secretos guardados, tantos sentimientos no expresados, llantos contenidos, risas soltadas, momentos vividos que tanto daño le hicieron a mi cuerpo y a mi alma.
Y ahora lo sé, lo expreso y soporto mis sentimientos. Los que me llevan de la lágrima a la risa, pero ya con total libertad los dejo salir espontáneamente porque en definitiva, en verdad, y como me dijeron son ellos los que ahora me dominan.
Ella, no lo conocía. Él, era el padre de su esposo y ella, nunca lo conoció. Solamente sabía por lo que otros le dijeron que había sido un buen hombre, de gran corazón.
Nunca vió fotos suyas, nunca nadie se lo describió y sabiendo el dolor que causaba su recuerdo, nunca preguntó.
Un día recibió la noticia más linda, su médico le informo que estaba embarazada. Una gran felicidad la invadió. Pero la felicidad no podía ser completa y luego de transcurridos dos meses de su embarazo su médico le dijo que debía hacer reposo hasta el momento del nacimiento para no perderlo.
Solamente podía pensar en esos siete meses que tenía por delante y la preocupación y tristeza se apoderaron de ella.
Él, como si esperara algo, todas las mañanas pasaba por su habitación y simplemente la miraba con una dulce sonrisa en su rostro.
Al principio ella pensaba que soñaba, que no estaba despierta del todo, una figura alta, delgada, vestida con una camisa clara y un pantalón beige en la puerta de su habitación estaba parado y le sonreía.
Al principio se sorprendió pero su corazón estaba tranquilo, no sintió miedo y una agradable paz la invadió.
Los días transcurrían calmos y ahora, ella, esperaba que él, apareciera como todas las mañanas cuando se quedaba sola en su cama, sintiéndose impotente por todo lo que no podía hacer.
Los meses transcurrían y con ellos las visitas de él que ahora ella esperaba con ansias, es que solo eran unos segundos en los cuales la paz la invadía.
Los siete meses pasaron tranquilos y su hijo nació, lo llevo a su casa.
Él se acerco a la puerta, la miró, entro en la habitación, se acercó a la cuna, miró al bebé con los ojos llenos de ternura, tenía una gran sonrisa en su rostro, ella, simplemente lo miraba con emoción.
El se retiró con una luz a su alrededor.
Esa fue la última vez que ella lo vió. Juntó coraje, habló con su esposo, se lo describió y él le confirmó que ese era su padre.
Ella supo inmediatamente que eso era lo que el necesitaba para irse definitivamente en paz, ver su sueño cumplido, ver a su nieto, hijo de su hijo, recién nacido
¿Quién de chico, de los que ahora ya somos adultos, no pasó
alguna vez por el temido momento de la sutura?
Y si, yo pasé por ese momento.
Mis abuelos en el patio de su casa tenían una mesa y bancos revestidos con pequeños pedacitos de azulejos de colores y mi
juego consistía en dar vueltas alrededor de la mesa pasando de banco en banco.
La mesa era redonda y los bancos semicirculares seguían su
contorno perfectamente lo cual facilitaba el recorrido en un excelente círculo.
De nada valían las advertencias de mis abuelos: “te vas a
caer”, “te vas a caer”, “bajate de ahí”. No sé en qué momento fue, pero
recuerdo haber aterrizado en el piso, el cual por cierto era muy duro y de
áspero cemento.
Mi abuela llegó en el acto atraída por el ruido, yo me puse
de pie, no sentí el dolor en ese momento, pero si vi un charco de sangre sobre
el portland.
Mi abuelo sacó el auto y ahí nomas partimos al doctor.
Eran otros tiempos, nada de anestesias, ni cirugías
plásticas, una aguja como las de coser de mi abuela, que para mi recuerdo era
enorme, enhebrada con un hilo y ahí nomás cosió, luego me colocó una venda tan
grande y blanca que delataba mi travesura.
A la salida del hospital mi abuela cumplió su promesa, “si
te portas bien, te compro un chocolate y una muñeca”. Bueno, bien valía el portarse bien.
Volvimos a la casa, yo con mi gigantesca barra de chocolate
y mi muñeca negra, los cuales también sirvieron para hacerme cumplir mis
promesas de portarme bien a la hora de las inyecciones. Me hicieron meter en la
cama. Al rato llegó la ejecutora de las inyecciones, María se llamaba, aparecía
siempre a la hora señalada con una cajita de acero plateada que yo escuchaba
tintinear antes que la viera, la jeringa era de vidrio y tenía una larga aguja
los cuales se hervían antes de realizar la ejecución, aun recuerdo como dolían
esas inyecciones, imposible sentarse cómodo hasta después de un tiempo.
Y hoy sigo viendo en mi mentón, justo debajo de mi pera, esa
cicatriz blanca, una línea blanca con unas rayas que la atraviesan como si
alguien hubiera realizado el mismo zurcido que en un pantalón, tres puntos que
marcan lo caras que a veces cuestan las travesuras a los cinco años.
Encerrada en la oscuridad de la mente, en ese negro profundo del pensar, allí donde ya no hay ni un solo pequeño rayo de luz, la esperanza desapareció.
Todo es desolación, tristeza, angustia. Ya no llegan los sentimientos.
Todo es tan oscuro, tan negro, tan negativo, es que ya no siento, ya no puedo dar nada porque ya nada tengo. Ya no puedo recibir nada más porque ya no siento.
Ahora soy simple cuerpo, mi espíritu y mi mente ya no funcionan, algo los apagó, algo ocurrió sin que me diera cuenta, quizás tanto sufrimiento me colmó y ahora, con una coraza construida a mi alrededor, trato de protegerme de más dolor.
Y acá estoy, viviendo la vida como si no fuera mía, sintiéndome un sentimiento y una mente dentro de otro sentimiento y otra mente que no me pertenecen.
Me miro al espejo y no soy yo, me siento ante mi taza de café y pienso en un solo fin para el dolor, por primera vez el egoísmo se apodera de mí.
Debo pensarlo bien, tiene que funcionar, debe ser una sola vez y con resultado esperado.
Bien, ahí está el frasco, ese pequeño frasco tiene la solución que busco. Y mi mente oscura ahora trabaja en algo oscuro, realiza precisos cálculos, cantidad, tiempo del efecto, momento preciso del resultado esperado.
Pero de pronto algo ocurrió, el sentimiento, el bendito o no sentimiento, interviene y me muestra escenas impensadas y me invade la culpa y el egoísmo se disipa y ahora un pequeño rayo de luz puede entrar. ¿Pero cómo es posible? ¿Cómo puede ser que algo tan minúsculo como un segundo pueda convertirse en el tiempo más importante para decidir viajar o no al mas allá?
Y ahora lo veo, después de un tiempo y en verdad creo que esa fue la decisión más difícil y estúpida que en mi vida me propuse tomar.
Llegó a la plaza. Allí todo era fiesta, la gente de su pueblo estaba congregada.
Baile, risas, algarabía, felicidad, todo en una perfecta conjunción para festejar algún acontecimiento, pero no sabía cuál.
Se sentía afiebrada y un poco débil por lo que decidió volver a su casa. Camino las pocas cuadras que la separaban de la gran reunión.
El día era hermoso, un sol radiante, el cielo impecablemente azul, todo indicaba que transcurriría plácidamente. Caminaba despacio disfrutando la tibia brisa. Su cabeza decorada con dos largas trenzas, un vestido estampado con un gran lazo en la espalda a la altura de su cintura, zapatos bajos completaban el típico atuendo de una niña de doce años.
Llego a su casa, beso a su madre y esta notó que estaba enferma. La envió a la cama y llamo al doctor. Debía permanecer en reposo y tomar sus medicamentos.
Pasaron los días. Un ruido ensordecedor invadió el aire. Se escuchaban motores de aviones zumbando sobre el pueblo. Insectos gigantes brillando en el cielo, rugiendo con fuerza, enviando silbidos a la tierra, produciendo grandes explosiones.
Su madre entro apresurada en su cuarto, se acostó junto a ella y la abrazó fuerte tratando de protegerla.
Un ruido ensordecedor, polvillo en el aire, escombros.
El último aire salió de su boca, una última y suave exhalación como un suspiro y el silencio absoluto.
Vio el desastre, parada al pie de su cama, una montaña de escombros a dos mujeres abrazadas tapaba.
Se alejó en silencio con sus largas trenzas, su camisón floreado y sus pies descalzos. Recorrió el pueblo en ruinas, todo era desolación, olor a humo y pólvora. Y vagó sin rumbo y sin saber qué hacer ni a donde ir. Por momentos sin saber quién era.
Tantas cosas le quedaron por hacer, deseos por cumplir, cosas por aprender, vida por vivir.
Vagó por un tiempo en un tiempo estacionado, por lugares sin espacios, creciendo sin crecer.
Una mujer, parecida a su madre se le acercó.
- Vení conmigo – le dijo extendiéndole su mano – Te voy a mostrar la mujer que cumple tus sueños.
Ella se dejo llevar.
Llegaron a una casa, un lugar desconocido. Era de noche, sus ojos miraban todo explorando. Subieron las escaleras.
Entro en una habitación. Una mujer dormía, su rostro mostraba paz.
Se pararon al pie de la cama.
- ¿Es ella? – preguntó.
- Si, es ella – le respondió la mujer que la acompañaba. – Se llama Elena.
Elena despertó, se incorporó y las miró.
- ¿Quien sos? – preguntó Elena.
- Vos lo sabes – respondió la niña – Gracias por cumplir mis sueños y ser quien yo quería ser.
Elena apoyo su cabeza suavemente en la almohada y con una sonrisa sus labios volvió a dormir.
La niña y la mujer partieron.
La niña hacia un lugar sin espacio ni tiempo, a su eterno reposo.
Y Elena, Elena siguió con su vida tratando de hacer que cada día fuera mejor que el anterior, viviendo con pasión una vida por dos.
Me senté frente a todas esas cajas forradas con ositos y llenas de recuerdos. Tus pequeñas mediecitas, gorritos con pompones, los juguetes que más querías, tus primeras fotos, la huellita de tu pie en tinta.
Y me invaden dulces recuerdos. El momento en que me dijeron que estabas dentro de mí, que ya existías, tus movimientos, esas pequeñas pataditas, el día que te pusieron en mis brazos y yo no podía dejar de mirarte.
Tu cuna te quedaba grande y yo me quedaba ahí, mirándote dormir y rozaba tu mejilla mientras miraba como se te dibujaba una sonrisa en tu carita de ángel.
Y veo tus primeros dibujos, los colores salen del papel y recuerdo tu cara concentrada, los ojos bien abiertos y tu manito dibujando lo que tu cabecita dorada imaginaba y te fuiste un día feliz a la escuela y yo me quede sola extrañando tus travesuras y risas.
Y creciste, creciste, creciste y tu mundo se llenó de amigos y amigas, de música, risas y salidas y eso me alegró, tenías tu mundo propio y eras feliz
Y vos creciste y yo crecí con vos y ahora, ya hombre, seguís siendo mi niño, seguís dándome abrazos, ternura, risas, compartimos diálogos y gustos.
Y a veces algunos te juzgaron por tu forma de vestir, por tu pelo, por tu pensar y hablaban de vos y dijeron que era mi culpa y yo me reí, yo sabía que debajo de todo eso había un ser especial y por eso pensaba y decía déjenlo, es feliz y alenté tu forma de ser, tu búsqueda de identidad para que dejaras salir tu personalidad y no me arrepiento, sos lo mejor que tengo.
Ahora te veo, rodeado de afecto y amor, hecho un hombre, con todo lo bueno y malo que una persona tiene que tener y mi orgullo crece cada día y con ese mismo orgullo digo con una gran sonrisa ese es mi hijo, sí él es el hombre que alegra mi vida, el que me regala su luz y sus risas y él me alienta y me dice cuando dudo sobre mi – ma, si a vos te gusta, está bien.
Y ahora te veo, te miro atenta y siento paz y orgullo por lo que sos.
Mi infancia está plagada de recuerdos, recuerdos inolvidables.
Es que la infancia vivida en un pequeño pueblo a lo que se le suma un barrio tranquilo, con muchas amigas en una misma calle es todo un lujo.
Y allí es donde pasaba mis vacaciones.
Antes de terminar las clases ya les enviaba una carta a mis abuelos y la pregunta era:
¿Cuándo me van a venir a buscar?
A partir de ahí esperaba ansiosa al cartero, es que el traía la noticia más importante para mí, abría la carta y allí estaba el día exacto en que mis abuelos llegaban desde ese momento comenzaban mis preparativos, ropa, juguetes, libros, todo lo necesario para pasar mis ansiadas vacaciones.
El viaje era en ómnibus o en tren y mi ansiedad era tan grande que me parecía eterno.
¡Llegaba feliz! Dejaba mis cosas y allá partía, iba de casa en casa a buscar a mis amigas.
Toda la cuadra se enteraba que llegaba y así andaba yo, caminado y saludando, feliz en ese mundo que sentía tan mío.
Las mañanas bajo la glicina de una amiga, las tardes en la plaza de la esquina, jugábamos hasta la noche, los juegos cambiaban de acuerdo a los regalos de navidad, muñecas, patines, monopatín, bicicleta.
Ya mas grandes hasta hicimos una red que atravesaba la calle y la convertía en una cancha de vóley.
Eran tiempos felices, de juegos y confidencias, éramos libres y vagábamos por ahí entre el sonido de las chicharras de la tarde y los molestos mosquitos de la noche.
Nada importaba más que pasar las más hermosas e inolvidables vacaciones.
El regreso a casa se hacía pesado, la despedida parecía eterna, dolía dejar a esas amigas, el viaje ahora era corto, o al menos eso me parecía, comparado con el de ida.
Mis abuelos me llevaban a casa, se quedaban allí unos días y antes de partir me consolaban prometiendo volver para mis próximas vacaciones.
Y así yo pasaba esos meses esperando la más ansiada de las cartas, esa que me decía la fecha exacta en que de nuevo partiría.
Hay una herida difícil de quitar, una herida que abarca el cuerpo, el alma, la mente, que se manifiesta en cada órgano, en cada centímetro de piel tocada sin consentimiento.
Una herida que acompaña y marca el momento en que ocurrió aquello que no se desea.
Una herida que se comparte en silencio entre aquellos que la llevan.
Que marca los límites de lo posible e imposible para amar.
Que se manifiesta en aquél momento en que solamente se desea gozar.
Que acompaña persistentemente sin querer cicatrizar.
¿Pero llegará el momento en que esa herida deje ya de molestar?
¿Pero será posible que ese momento exista?
Y si, al final llega, llega de la mano de aquel que toca sin lastimar, que acaricia con amor, que ama sin forzar, que respeta nuestras decisiones de dejarnos amar, que entiende el dolor de esa herida tan profunda y desea curar con amor.
Solamente cuando nos entregamos al verdadero amor sabremos que eso fue el pasado, un pasado del cual no tuvimos culpa, maldito momento no buscado ni deseado, con un único actor y autor que nos desvalorizó y nos hundió en la desolación.
Pero llega el momento en el que el deseo que revertirá la situación se hace posible y es el momento en el que el gozo es nuestra propia decisión.
Conozco personas opositoras que argumentan: “yo nunca le contaría mi vida a un extraño, por eso es que no hago terapia” y terminan contando sus problemas al del asiento de al lado del colectivo, al peluquero (gran terapeuta sin título) o al primero que se le cruza por ahí dispuesto a prestarle una oreja.
Otro argumento es el famoso: “yo no la necesito, resuelvo solo mis problemas” y uno lo mira pensando “bueno parece que aún no descubriste cuales eran, porque… en fin, desde acá afuera no se ven muy resueltos”. Es que en verdad estos son los que más lo necesitan aunque nunca lo van a admitir.
Y otro grupo importante es aquél que aunque no lo necesite, se transformó en un adicto a la terapia. El terapeuta tratando de dar el alta y el paciente que lo niega o en otros casos lo acepta, pero al poco tiempo busca un nuevo terapeuta.
Dentro del grupo: bien, no me queda otra que buscar ayuda, me encasillé yo y allá fui buscando respuestas que no tenía.
Fue toda una odisea, de consulta en consulta, es que encontrar aquel que nos caiga bien es tan complicado como conseguir el ginecólogo para la mujer o el urólogo para el hombre, tareas difíciles si las hay.
Uno me dio un diagnóstico con solo quince minutos de charla y era tan desacertado que me causó gracia.
“Usted tiene el síndrome del nido vacío, es que la mujer a cierta edad se siente mal con un hijo adolescente”, eso me dijo y yo pensaba ¿Qué? ¿Cómo? ¿Yo síndrome del nido vacío? Pero si yo soy feliz con un hijo adolescente ¡recuperé mi vida! Nada de anda a hacer la tarea, nada de donde te dejo para poder salir, no, no, en verdad ¡estoy feliz!
La segunda se olvidó que yo tenía cita y me plantó, si así fue, una hora la esperé y nunca llegó.
Y al final la encontré. Si esa era la psicóloga que buscaba y allí estaba.
Ahora debía pasar la otra etapa y esto es lo que siempre cuestiono a los psicólogos y ninguno sabe responder o ¿acaso será un secreto que los acompañará de por vida?
¿Por qué en la primera consulta nos hacen tantas preguntas que no terminamos de contar? Y entre el fijar horario, tarifa y modalidad, información sobre la corriente psicológica a la que adhieren y etcéteras se termina el tiempo y ya nos tenemos que ir con todo eso en la garganta hasta la próxima cita (con suerte, si nuestra obra social nos permite, esta será dentro de dos días y si no una semana después).
¿Porque el límite de tiempo? Entiendo que con el transcurso de la terapia los treinta o cuarenta y cinco minutos alcancen, pero al principio, cuando uno tiene tanto para decir, ¿no hay forma de extenderlo o hacerlo ilimitado? Es que uno tiene tantas cosas guardadas adentro y cuando al fin logramos soltarnos y hablar, miran el reloj y nos dicen “bueno, seguimos la próxima”. Uf y ¿ahora qué hago? ¿Cómo me vuelvo a mi casa con todo esto?
¿Por qué lo monosilábico? ¿Es que en la universidad no les enseñan palabras además de mm, ah ah, aja y a poner cara de no pienso gesticular? Lo más largo que dicen es la matadora frase “¿y usted qué piensa de eso?” y a mi mente se viene la respuesta “si yo pudiese pensar algo sola no estaría acá”.
Y así, entre dudas y respuestas que logré yo misma, transité mi terapia, dos años exactos, en los cuales mi psicóloga estaba empeñada en que usara mi cabeza y escarbara en ella, hasta que al fin encontré algo sensato que se pudiera considerar una respuesta a mis problemas. En ese tiempo transcurrido me di cuenta que en verdad la vida contada en cuentagotas me sirvió para descubrir que al final yo tenía todas las respuestas.
Y alguno me pregunta, “¿pero sirve en verdad?” y si, sirve en verdad, a mi me sirvió para darme cuenta que al final lo único que tenía que hacer era derrotar mis fantasmas, creer en mí y seguir adelante.
Cuando niñas soñamos con el gran amor, ese amor que nos llevará un día, ese príncipe encantado de los cuentos, el dueño de los castillos.
Luego, con los años, descubrimos que podemos tener distintos amores, los platónicos, los imposibles, los no correspondidos. Pero llega un momento en el que miramos los ojos de otro y una gran palpitación se apodera de nosotros, cosquillas en la panza, nos ponemos tontos como niños, sentimos ese no se qué que nos hace no querer separarnos, inventamos excusas para seguir hablando, pensamos que si por un momento nos alejamos de allí no lo volveremos a ver.
Y esas sensaciones se repiten una y otra vez aunque ya no lo tengamos a nuestro lado.
Y de pronto, mágicamente descubrimos que ese es el verdadero amor, el que queremos que nos acompañe de por vida, el que alegra nuestro espíritu, el que pone esa sonrisa tonta en nuestros labios.
Yo te encontré verdadero amor, una fría noche y aun te sigo teniendo, ahora, quizás por las circunstancias de la vida, un poco lejano, pero siempre presente, siempre conmigo para acompañarme, siempre alentando mis ideas locas, siempre sacando mis pensamientos tan locos como mis ideas de mi cabeza, demostrándome que todo es posible, que en verdad sos mi príncipe, el que no me deja caer, el que no me abandona, el que me colma de felicidad cada día, el que me hace enojar y luego reír, el que seca mis lagrimas.
Y si, lo admito, seguís siendo mi gran amor, a pesar de mis errores, de esas locas decisiones tomadas en malos momentos.
Y te amo, aún te amo y no te puedo dejar ir, aunque me enoje, aunque tome distancia no puedo, porque en verdad mi vida no sería vida sin vos. Porque, ¿qué haría yo? ¿Con quién pelearía, ¿a quién le haría mimos y cosquillas? ¿A quién le robaría risas? No, en verdad ya no tendría vida.
Te amo, te amo, te amo, mi único y verdadero amor.
Las siestas cuando somos niños pueden ser aburridas, pero no lo son tanto si uno las pasa en un pueblo con amigos.
Luego de almorzar y ayudar a mi abuela a levantar los platos, llegaba el momento de tratar de convencerla para no dormir la siesta.
-¿Puedo ver la tele en vez de dormir
- No porque vas a despertar al abuelo que está cansado después del trabajo.
- ¿Y si me quedo jugando en el patio, allá en donde hay sombra?
-No, porque sabes que el perro de al lado ladra cuando jugas ahí.
Y así seguía, pero mi abuela siempre tenía infinitas respuestas ubicadas después del no y me las daba a todas, hasta que yo, ya sin más excusas, me iba a mi habitación.
Allí me quedaba hasta que sentía un ruidito en el mosquitero de la ventana. Subía a la cama, abría las cortinas, corría muy despacito el mosquitero y saltaba al jardín y de ahí a la plaza de la esquina, lugar donde las fugitivas de la siesta nos reuníamos.
Cada una llegaba con un juguete y algún comentario para compartir: mi hermana cumple años mañana, mi papá está de vacaciones, mi mamá hoy me hizo un flan, la semana que viene me voy de paseo, interminables comentarios escuchados con atención, allí sentadas bajos los arboles, acompañadas del sonido de las chicharras.
En algún momento se escuchaba el llamado de alguna madre que descubría a su hija fugitiva
_ ¡Uy, si ya se levanto tu mamá mi abuela se está por levantar!
_ ¡Si, mi mamá también!
_ ¡Y la mía!
_ Vamos, vamos
Y así salíamos todas corriendo. Abría despacio la puerta del costado, esa a la que mi abuelo no le ponía aceite porque decía que así el sabia cuando alguien entraba o salía, pero yo lograba que no hiciera ruido y así, despacio atravesaba el patio, la cocina, el comedor y entraba en mi habitación.
Uf menos mal que nadie se levantó, pensaba mientras me sacaba mis zapatos y me tiraba en la cama.
Al rato aparecía mi abuela para avisar que la hora de la siesta ya había terminado.
_ ¿Y ahora, puedo salir a jugar abuela?
_ Si, ahora si
Y yo salía contenta nuevamente a la plaza, convencida que te había engañado. Pero no, yo sé que no podía engañarte, vos simplemente eras cómplice de mis travesuras.